Conmigo sí
Haré un análisis más concienzudo yendo de lo más básico a lo más elaborado, sin perder de vista que lo interesante es sólo divertir un poco al lector.
El mañanero.
Casi la totalidad de las familias antioqueñas tienen la grata costumbre de compartir un desayuno con calentao todos los domingos en las mañanas. Para quienes no sepan qué es, el calentao es un revuelto de fríjoles viejos, arroz a punto vinagrarse, carne refrita, arepa –o cachapa o tortilla gruesa –, y en general todas las sobras que quedaron de la semana. Esta puede ser la mezcla menos afrodisíaca que se puede tener… pero para un marica comerse un calentao es prepararse para la faena: si es un verdadero estereotipo, estuvo de rumba la noche anterior, está muriendo del guayabo y el potaje paisa le sirve para reponer fuerzas y empezar a lidiar con esa incontrolable erección que le viene molestando desde antes de sentarse a la mesa con su papa, su mamá y sus hermanos y hermanas. Y es así como entra al chat, se va para el sauna o de cruising al cerro El Volador, el cerro Nutibara o el cerro El Pichacho, a buscarse lo que no se le ha perdido. Lo anormal es que después vuelva a la casa con las manos vacías, lo normal es que regrese satisfecho pero con unas incontenibles ganas de cagar –a menos claro que haya encontrado un coprófago en su camino, en cuyo caso volverá absolutamente feliz –.
Puta: yo, tu, él.
Porque es que nadie ha dicho que para ser puta sea condición sine qua non recibir el pago en efectivo. En este sentido, sugiero enérgicamente a todos aquellos que por aquí pasan sus ojos que traten de evitar a toda costa que su pecho se conmueva y los lleve a usar la expresión “¡tan lindo!”, porque con seguridad van a acabar cenando y luego comiendo o peor… convertidos en la comida. ¿Cómo ocurre?, fácil, está este sujeto que la verdad no cala mucho, que es medio bonito, medio interesante, medio sexi… pero al mismo tiempo es un tramador de tiempo completo, un donjuán empedernido, un vendedor de sí mismo orientadísimo al logro. Es de los que hace magia por verlo sonreír a uno, de los que tiene una labia tan poderosa que la RAE lo debería tener en sus filas, de aquella especie de caballeros en vía de extinción que tanto nos gusta a todos los que nos derretimos con los buenos modales. Sí señores, este sujeto además tiene un grupo de amigos envidiable y dos estrategias infalibles para llegar al corazón por la barriga: es amigo de los chef de los mejores restaurantes de la ciudad, amén de tener unas manos maravillosas para cuando se toma el trabajo de cocinar. Ante tantos encantos y tanta excitación, imposible no caer, imposible no nublar la conciencia, dejar de ver defectos, poner a hablar a esa veleta llamada corazón y pagar sus detalles con lo que él más quiere, uno. Por supuesto la reacción posterior es siempre… “¡ay juep… la cagué!”, porque claro, ese hombre tiene toda la cara de amigo para siempre… ¿pero novio?, ¿amante?....
A él –también – le gusta la gasolina.
Y la vaselina… pero ese es otro cantar. Soy un tipo sobre ruedas… sobre las ruedas del metro, porque si en el Eje soy un hijo de papi clasealtomedioso, en el Valle de Aburrá soy un profesor clasemediobajoso y por supuesto, lo más cercano a un automóvil propio que tengo es el expreso de las 7:15. Pero cuando estoy en el eje es distinto porque voy sobre ruedas ajenas y todos los chicos quieren copilotar y manejar la palanca de cambios –sin comentarios adicionales –, entonces, basta con que uno llegue montado en un modestín vehículo para que ellos piensen en motel, y basta que ellos piensen en motel para que uno esté envalentonado después de la primera cerveza, lógicamente, basta que uno se envalentone –y que encima caiga el efecto cervecero embellecedor recíproco – sobre la mesa del bar para que uno se olvide de todo lo que ha dicho sobre las manifestaciones de afecto en público y proceda entonces a tocar más de lo debido, a besar con más pasión que la que el recato recomienda y a pagar la cuenta muchos pesos antes de lo originalmente presupuestado porque –obvio –, el siguiente trago será en una cama cuyo colchón está recubierto de hule y habrá espejos en el techo… y muy delicioso –o más bien empalagoso, porque ganas lo que se dice ganas de volverlo a ver… como que no –.
¿Quién en Envigado?, tengo sitio…
O en Chapinero, o en Ciudad Jardín, o en Dosquebradas, o en El Silencio o en donde putas sea. La verdad, al menos para estos países donde el soltero vive con los papás hasta que los dos se mueren, es que aquellos que tenemos la posibilidad de suministrar un podio al cuerpo a cuerpo, somos los primeros de la fila en los procesos de selección de “rato entretenido”. No importa si está gordo, tiene sitio. No importa si la casa es un chiquero, tiene donde yacer horizontalmente – y en mucho casos ni siquiera se le puede llamar cama a eso –. Tampoco importa si ese objeto o lugar más blando que el piso tiene evidencias de todos los seres humanos que han estado por ahí, en sus alrededores o cerca, lo que importa es que uno está ahí, la va a pasar bueno y luego se irá sin muchas intenciones de volver a ver al otro. Las cosas por su nombre, cuando uno tiene cierta edad en la que es económicamente productivo, sexualmente activo –o pasivo –, razonablemente atractivo y encima tiene locación, se convierte en un artículo de lujo para todos aquellos que no tienen donde desfogar sus ganas. Y bueno, arriesga uno mucho de su patrimonio –por no decir que también su propia vida –, haciendo eso… pero las estadísticas dicen que todas aquellas locas que murieron acuchilladas por paticontentas, pasaron al papayo creyendo que el amor de sus vidas las estaba matando, y uno para echarse un polvito, sencillo, espontáneo, casual, no necesita convencer a nadie de eso.
Pues si señores, la conclusión es lapidaria: si quieres tirar, arriesga mucho, guarda todo… y por favor, usa un condón.
Entre tanto: Ya sé que esta semana tocaba capítulo nuevo, pero quiero poner otro telón de fondo para el próximo post, ya les estaré contando, pero les anticipo que “Protégeme” se termina el 31 de Diciembre, aproximadamente a las 12 del día.

