domingo, noviembre 15, 2009

Conmigo sí

Esto es dramáticamente increíble, de verdad que sí. En los últimos meses me he dado a la tarea de observar cuál es el factor definitivo en aquello de conseguir amantes de rato-y-si-te-he-visto-no-me-acuerdo, cuál es la “ocasión que hace al ladrón”, dónde demonios se encuentra esa veta de feromonas que propulsa el levante espontáneo y en menos tiempo que una pizza está llegando a la puerta de la casa, con todo y el pepperoni entero –y duro, y grueso, y picante –. Quisiera creer que todo se debe a mi natural encanto e irresistible sex-appeal… pero ¡por favor!, aún cuando me considerara a mí mismo un Adonis –que sólo por no perder la objetividad nunca lo hago y tal vez nunca lo haré –, soy un convencido de que muchos de los tipos con los que he tirado, no sólo en los últimos meses sino también en toda mi vida, han estado conmigo sólo porque tengo algo que las otras opciones no tienen: sitio. Pero adicionalmente, sé de muchos que han tirado conmigo –entre ellos Terifay –, porque he tenido la posibilidad de llevarlos hasta el motel sin hacerlos pasar por la vergüenza de montarlos en un taxi: el carro –así no haya sido mío –. Con todo, también puedo decir, como muchos otros pertenecientes al tercer sexo, que he regalado polvos a la galantería, es decir, uno es tan inconscientemente puta a ratos que para recompensar la rica comida a la que fue invitado o la divertida finca a la que lo llevaron, se siente en la imperiosa necesidad de devolver las atenciones hablando por la voz del guamo o clavando estaca donde no hay potrero. Así mismo puede decirse que hay un momento único, privilegiado, de la semana en el que es imposible no conseguir nada… el domingo por la mañana y ya verá el lector por qué.

Haré un análisis más concienzudo yendo de lo más básico a lo más elaborado, sin perder de vista que lo interesante es sólo divertir un poco al lector.

El mañanero.
Casi la totalidad de las familias antioqueñas tienen la grata costumbre de compartir un desayuno con calentao todos los domingos en las mañanas. Para quienes no sepan qué es, el calentao es un revuelto de fríjoles viejos, arroz a punto vinagrarse, carne refrita, arepa –o cachapa o tortilla gruesa –, y en general todas las sobras que quedaron de la semana. Esta puede ser la mezcla menos afrodisíaca que se puede tener… pero para un marica comerse un calentao es prepararse para la faena: si es un verdadero estereotipo, estuvo de rumba la noche anterior, está muriendo del guayabo y el potaje paisa le sirve para reponer fuerzas y empezar a lidiar con esa incontrolable erección que le viene molestando desde antes de sentarse a la mesa con su papa, su mamá y sus hermanos y hermanas. Y es así como entra al chat, se va para el sauna o de cruising al cerro El Volador, el cerro Nutibara o el cerro El Pichacho, a buscarse lo que no se le ha perdido. Lo anormal es que después vuelva a la casa con las manos vacías, lo normal es que regrese satisfecho pero con unas incontenibles ganas de cagar –a menos claro que haya encontrado un coprófago en su camino, en cuyo caso volverá absolutamente feliz –.

Puta: yo, tu, él.
Porque es que nadie ha dicho que para ser puta sea condición sine qua non recibir el pago en efectivo. En este sentido, sugiero enérgicamente a todos aquellos que por aquí pasan sus ojos que traten de evitar a toda costa que su pecho se conmueva y los lleve a usar la expresión “¡tan lindo!”, porque con seguridad van a acabar cenando y luego comiendo o peor… convertidos en la comida. ¿Cómo ocurre?, fácil, está este sujeto que la verdad no cala mucho, que es medio bonito, medio interesante, medio sexi… pero al mismo tiempo es un tramador de tiempo completo, un donjuán empedernido, un vendedor de sí mismo orientadísimo al logro. Es de los que hace magia por verlo sonreír a uno, de los que tiene una labia tan poderosa que la RAE lo debería tener en sus filas, de aquella especie de caballeros en vía de extinción que tanto nos gusta a todos los que nos derretimos con los buenos modales. Sí señores, este sujeto además tiene un grupo de amigos envidiable y dos estrategias infalibles para llegar al corazón por la barriga: es amigo de los chef de los mejores restaurantes de la ciudad, amén de tener unas manos maravillosas para cuando se toma el trabajo de cocinar. Ante tantos encantos y tanta excitación, imposible no caer, imposible no nublar la conciencia, dejar de ver defectos, poner a hablar a esa veleta llamada corazón y pagar sus detalles con lo que él más quiere, uno. Por supuesto la reacción posterior es siempre… “¡ay juep… la cagué!”, porque claro, ese hombre tiene toda la cara de amigo para siempre… ¿pero novio?, ¿amante?....

A él –también – le gusta la gasolina.
Y la vaselina… pero ese es otro cantar. Soy un tipo sobre ruedas… sobre las ruedas del metro, porque si en el Eje soy un hijo de papi clasealtomedioso, en el Valle de Aburrá soy un profesor clasemediobajoso y por supuesto, lo más cercano a un automóvil propio que tengo es el expreso de las 7:15. Pero cuando estoy en el eje es distinto porque voy sobre ruedas ajenas y todos los chicos quieren copilotar y manejar la palanca de cambios –sin comentarios adicionales –, entonces, basta con que uno llegue montado en un modestín vehículo para que ellos piensen en motel, y basta que ellos piensen en motel para que uno esté envalentonado después de la primera cerveza, lógicamente, basta que uno se envalentone –y que encima caiga el efecto cervecero embellecedor recíproco – sobre la mesa del bar para que uno se olvide de todo lo que ha dicho sobre las manifestaciones de afecto en público y proceda entonces a tocar más de lo debido, a besar con más pasión que la que el recato recomienda y a pagar la cuenta muchos pesos antes de lo originalmente presupuestado porque –obvio –, el siguiente trago será en una cama cuyo colchón está recubierto de hule y habrá espejos en el techo… y muy delicioso –o más bien empalagoso, porque ganas lo que se dice ganas de volverlo a ver… como que no –.

¿Quién en Envigado?, tengo sitio…
O en Chapinero, o en Ciudad Jardín, o en Dosquebradas, o en El Silencio o en donde putas sea. La verdad, al menos para estos países donde el soltero vive con los papás hasta que los dos se mueren, es que aquellos que tenemos la posibilidad de suministrar un podio al cuerpo a cuerpo, somos los primeros de la fila en los procesos de selección de “rato entretenido”. No importa si está gordo, tiene sitio. No importa si la casa es un chiquero, tiene donde yacer horizontalmente – y en mucho casos ni siquiera se le puede llamar cama a eso –. Tampoco importa si ese objeto o lugar más blando que el piso tiene evidencias de todos los seres humanos que han estado por ahí, en sus alrededores o cerca, lo que importa es que uno está ahí, la va a pasar bueno y luego se irá sin muchas intenciones de volver a ver al otro. Las cosas por su nombre, cuando uno tiene cierta edad en la que es económicamente productivo, sexualmente activo –o pasivo –, razonablemente atractivo y encima tiene locación, se convierte en un artículo de lujo para todos aquellos que no tienen donde desfogar sus ganas. Y bueno, arriesga uno mucho de su patrimonio –por no decir que también su propia vida –, haciendo eso… pero las estadísticas dicen que todas aquellas locas que murieron acuchilladas por paticontentas, pasaron al papayo creyendo que el amor de sus vidas las estaba matando, y uno para echarse un polvito, sencillo, espontáneo, casual, no necesita convencer a nadie de eso.

Pues si señores, la conclusión es lapidaria: si quieres tirar, arriesga mucho, guarda todo… y por favor, usa un condón.

Entre tanto: Ya sé que esta semana tocaba capítulo nuevo, pero quiero poner otro telón de fondo para el próximo post, ya les estaré contando, pero les anticipo que “Protégeme” se termina el 31 de Diciembre, aproximadamente a las 12 del día.

sábado, noviembre 07, 2009

... Tampoco pues...

Decía la Doctora Tamara Adrián, eminente Abogada venezolana, invitada a las 2as Jornadas de Derecho, Género y Sexualidad realizadas en la Universidad Eafit a principios del mes de septiembre “puedes saber mucho de discriminación racial, de políticas de segregación, de ascendencia africana, pero si no eres negro, nadie te va a creer”. Curiosamente en ese mismo evento se presentó una situación similar y aunque no creo que la Dra. Tamara lo haya dejado pasar por alto por negligencia, si no mas bien por no generar resquemores con los otros ponentes, se me hizo poco menos que intolerante el que a la ponente heterosexual, la hubieran tratado como a un bicho raro.

De antemano aclaro, si alguno de los ponentes me lee –que es posible porque varios de ellos tienen también su blog en este vecindario –, el presente post se compone única y exclusivamente de lo que un servidor, como asistente al evento, pudo percibir desde su silla al momento del cierre. No se realmente qué ocurrió o pudo haber ocurrido, no sé si todo consista en que más allá de su experticia, la Médica –cuyo nombre, por puro respeto, no mencionaré – se hubiera puesto pesada con respecto a la connotación moral de sus apreciaciones, se haya manifestado en contra de la adopción por parte de parejas del mismo sexo u opuesto de lleno al matrimonio. Lo único que sé es que para el final de las jornadas, a la Médica le tocó defenderse a capa y espada de las sátiras que la mayoría homosexual le estaba echando, y la verdad no fue algo muy agradable de ver.

La cosa fue así. La Universidad Eafit, pionera local del debate sobre los derechos de la población LGBT, desde el año pasado organiza un evento académico para estudiar los temas du jour sobre el particular. Este año, no sé si como variación al año anterior, decidieron meter en la agenda una perspectiva clínica sobre la preferencia genérica –aquello vulgarmente conocido como orientación sexual – y, más tarde ese día, sobre las disforias de género –más conocidas como transgenerismo –. La Médica, cirujana, psiquiatra y sexóloga –muy joven y muy bonita además –, se fajó en ambos casos, un par de exposiciones magistrales, podría decir, casi sin temor a equivocarme, que aprendí más de lo que dijo ella que de lo que dijeron aquel par de colegas míos que subieron al estrado a hablar sobre las estrategias de litigio utilizadas en las demandas presentadas ante la Corte Constitucional y por las cuales se obtuvo reconocimiento de derechos.

La Médica hizo migas con la Dra. Tamara, o al menos eso me pareció ver durante el almuerzo del primer día, sin embargo, al cierre de las jornadas de ese día, el ambiente empezó a verse tenso en torno suyo. Los demás conferencistas, salvo la doctora, empezaron sistemáticamente a anular cada una de sus apreciaciones, a debatirle con hostilidad a decir, palabras más, palabras menos, que no se puede hablar de homosexualidad sin ser homosexual, que no se puede hablar de disforia si uno está conforme con su configuración anatómica. Y al día siguiente, al momento del cierre del evento, en un panel abierto para todos los ponentes, varios de ellos se encargaron de recordarle –sutilmente por supuesto –, que ella era el mosco en la leche.

Vuelvo y digo, no sé qué haya detrás de eso, y tal vez sea hasta posible que cuando llegue a tener un conocimiento holístico sobre lo que ocurrió ese día, yo también me ponga como una fiera y se me despierten instintos homicidas con respecto a la Médica. Sin embargo, como simple espectador, como mero mortal, puedo decir que aunque han sido muchas las ocasiones en las que aquí he manifestado todo lo que me desagradan los heterosexuales, no hay razón para que en un evento ACADÉMICO, donde lo que se está debatiendo son resultados de investigación, temas susceptibles de debate, conclusiones de experiencias judiciales, análisis estadísticos y aspectos científicos, terminen los ponentes descalificando a uno de sus pares, simplemente porque no va a la cama con una persona de configuración genital similar a la suya. En ese sentido, considero que las Jornadas me decepcionaron un poco: si buscamos la aceptación, la tolerancia, el respeto y sobre todo, que nadie se meta entre nuestras sábanas para calificarnos de una u otra manera, ¿quién nos ha arrogado el derecho a metérnosle entre las de los heterosexuales cuando comparten nuestros espacios?

Entre tanto: ¿se acuerdan de la vieja de la que habló Mila en el post anterior?, la pueden ver por ahí en las fotos de las manifestaciones que hubo en contra de la clínica de la mujer. Esto para que comprendan que esa figurilla siniestra puede empezar a convertirse en un dolor de cabeza –más –.

sábado, octubre 31, 2009

Protégeme (XVII)

No sintió miedo cuando vio a Roque enfurecido, torciéndole el brazo a un jíbaro que tuvo la mala idea de ofrecerle una “aplanadora gris” a Vicente por un valor superior al que se la acababa de ofrecer otro, media hora antes. Vicente, con cinco puntos de sutura en una ceja y un tabique en el brazo, veía el amanecer mientras Roque se paseaba como un condenado de un lado a otro de su habitación. Se acordaba con risa de la escena, y cada tanto le soltaba alguno de sus memorables pasajes a su, otra vez, salvador, para que lo acompañara en su accidentado recorrido por la discoteca electrónica mas encopetada del Valle de Aburrá.

Vicente no recordaba por qué había dicho que si, de hecho, ni siquiera recordaba por qué se le había ocurrido a Roque ir al sitio. Sólo sabía que estaba esperándolo en la puerta de su casa cuando, como queriendo sorprenderle, le soltó a bocajarro que esa noche se irían de rumba. Llevaban nueve meses juntos y esa palabra jamás la había escuchado de su boca. A lo sumo decía “nos vamos de farra” o tal vez “hoy te emborracho”, ¿pero de cuándo acá empezó a usar la palabra “rumba”? Quedó aturdido cuando la escuchó, como si hubiera sido necesario que le dijera con lujo de detalles qué concebía por tal, pues no sentía estarlo siguiendo. Cuando le dijo el nombre del antro al que lo llevaría su confusión se hizo más honda. Esa faceta sí que se le hacía extraña, ¿electrónica?, Roque a lo sumo escuchaba Trip-Hop y a las divas… pero sólo porque eran las divas, su relación con el pop era bastante hostil según recordaba, ¿y ahora iban rumbo al templo del strover y el estruendo?, el asunto no pintaba bien.

Cuando llegaron, Vicente se ubicó donde mejor pudo y empezó a bailar sin muchas ganas, mientras Roque iba a la barra por un par de cervezas. El disc-jockey hacía temblar los muros de la bodega en la que estaban y con ellos los cristales del palco donde se encontraban los dueños del lugar, rodeados de mujeres hermosas, tomando whisky con energizante, ostentando, su nada deplorable situación económica, cosechada a punta de viajes en avioneta hacia Estados Unidos. No los envidiaba, Vicente sólo quería elevarse y ver desde arriba cómo las cabezas de todos los asistentes saltaban al unísono y enloquecían de gozo con cada nota endemoniada que salía del tornamesas.

Un hombrecito, menor que él, con cara de yo-no-fui y haciéndose el tímido lo empezó a mirar. Lo encaró, no era el tipo de retos que le gustaba perder. Se puso el dedo índice derecho en la sien. Capto el mensaje al vuelo. Le sonrió y lo invitó a acercarse. Sin mucho preámbulo le preguntó, “¿qué tenés?”, y frente a sus ojos fueron saliendo de todos los rincones de su ropa, su pelo y sus zapatos, pastillas, cartones con ácido, bolsitas de polvo blanco, bolsitas de polvo amarillo y varios tarros de nitrito de amilo. No se animó a preguntarle cómo hacía para guardar todo el surtido porque la explicación hubiera sido más larga que la propia transacción que le proponía. Se decidió por una “aplanadora gris”, clásica, amiga de algunos encuentros de punkers y conciertos de grupos con sueños de gloria, pero le solicitó al vendedor que pasara más tarde, en una media hora. El jíbaro no hizo muy buena cara y se fue.

Roque llegó con la cerveza y una sonrisa de hiena que delataba que se le había adelantado a su novio en el consumo de psicoactivos. No le preguntó con quién estaba hablando, no le importaba. Tampoco le preguntó si estaba contento, sólo lo abrazó con fuerza y le dijo “cómo estás de lindo hoy”, “y hueles delicioso”, “y esa carita de bebé que pusiste”, “y cómo se mueven esos ojos de bonito”, “y las orejotas que me las quiero comer”, “y cómo me abrazas de rico, me quiero quedar así toda la vida”. Vicente se rió y sólo respondió, “y cómo estás de trabado, marica”. Se animó, ver a Roque bailando era un suceso que sólo había presenciado en una fiesta en la que estuvo con su familia (y eso porque no se le pudo escapar a la tía juvenil), y si no lo aprovechaba en ese momento, no tendría con qué burlarse de él al día siguiente, cuando lo que fuera que se hubiera tomado le pasara factura. Se bebió la cerveza de un golpe y aunque se sentía más bien poco rítmico, se dejó llevar por la música, las luces y el furor circundante.

La pasaba bien. Sudaba a mares, pero la pasaba bien. Roque se quitó la camisa y sólo bajo esa luz y a esa distancia, Vicente pudo notar lo que en la cama no había visto: su novio tenía cuerpo de boxeador y unos cuanto morados en el costado para refrendarlo. Si, podía sentir sus brazos fuertes, sus piernas macizas, su abdomen marcado, pero le parecía algo normal para la manera casi obsesiva en la que hacía ejercicio todos los días. No obstante, al ponerlo al lado de las demás personas que había en el sitio, hombres y mujeres con cuerpos similares, de lejos se notaba que el único que creía en que el músculo costaba sangre, era Roque. Sintió curiosidad por un hematoma que tenía en las costillas y se lo tocó. Él no lo notó. Hundió sus dedos con fuerza, Roque sólo lo miró con deseo y le llevó la mano a su bragueta: “mirá como me tenés”. Vicente sintió la fiereza de su erección, y aunque sabía que ese también era un efecto de la droga, apreció el gesto.

Otro hombrecito, otra cara de nada, otro índice en la sien. Vicente se preguntaba cómo harían para no dejarse descubrir por la administración de la discoteca, pero anticipó su conclusión por vía de la obviedad: todo su disimulo era nada más para que no los identificaran como los empleados del establecimiento que en efecto eran. Se le acercó, le preguntó por la “aplanadora gris” y el sujeto le pidió más de lo que le había pedido el primero, que en ese mismo instante se le acercó a Vicente por detrás recordándole su promesa de comprarle a él. En tono jocoso, Vicente le dijo que el otro le estaba cobrando más, que por supuesto le iba a comprar a él. El primero se descompuso y lo miró con ojos asesinos. Llevó al otro jíbaro aparte y empezó a reñirle con contundencia. Los veía discutir. Luego veía a Roque volando por encima del mundo y se preocupó. Trató de conciliar a los que, al menos estaban sobrios y se fue a hablar con ellos. Les dijo que no se preocuparan, que les compraba a ambos al precio que le dieran, pero que no se cagaran la noche. El segundo jíbaro lo miró con rabia y le dijo “vos no te metás, gonorrea”. Vicente no respondió, Roque ya estaba encima del jíbaro, torciéndole un brazo y diciéndole “¿quién es la gonorrea, gran hijueputa?, ¡decímelo a mi si sos tan machito!”

domingo, octubre 25, 2009

Mila opina: La valla en la UPB

Sé que en este punto debería ir el decimo séptimo capítulo de “Protégeme” y el patrón no tenía muchas ganas de hablar del asunto, pero yo misma me tomé la molestia de robarle las llaves del chuzo esta semana, y me colé para hablar de esta belleza que pusieron en la Universidad Pontificia Bolivariana esta semana.



Como podrán ver los queridos lectores, por primera vez en por lo menos treinta años, la segunda Universidad Católica más importante de este país sacó a relucir la godarria que la gobierna y las ideas retrógradas y anquilosadas que otrora la llevó a tener una biblioteca con libros proscritos, cupos limitados para las mujeres en sus áreas de formación profesional e inspecciones de la vida “cristiana” de sus aspirantes para poder admitirlos. El jefe se puso triste cuando vio esto, nunca lo había visto con lágrimas saltándole de putería a la cara y a punto de llamar a insultar a cuando ente administrativo encontrara en su libreta telefónica, no lo hizo, pero le mandó una carta a la Decana de su facultad diciéndole “¿Esta es la Universidad de la que estoy tan orgulloso?, qué tristeza, qué tristeza”. Y peor aún, le escribió por Facebook a la Jefa de Egresados para decirle que lo diera de baja de todas las listas que la Universidad tuviera, que no le interesaba mantener el contacto.

Yo también soy una orgullosa Bolivariana, yo también vi Cristología, me hicieron convivencia en el primer semestre y tuve que mamarme una misa el día antes de mi graduación. Yo también me siento la Universidad, y me siento responsable de su presente y de su futuro, yo también tengo la vista en idéntica estrella y en los labios el mismo clamor... si, yo también soy hija de Manuel José Sierra, de Tiberio de Jesús Salazar y un poco de Luís Fernando Rodríguez Álvarez… pero lo que apareció en esa valla me tiene francamente herida. Fue en la UPB donde aprendí que la libertad de conciencia es un bien tan preciado como la libertad de credo, fue en la UPB donde aprendí que los homosexuales no son enfermos mentales y que las lesbianas, aunque sean tan melodramáticas, en ningún sentido se “convierten” en tales porque les parezca una moda.

Pero hay más, en la UPB también aprendí que la brujería y el satanismo son simplemente manifestaciones culturales tan válidas como el catolicismo y el judaísmo, y que tienen un íter histórico, si se quiere, tanto o más rico que ambos. Por último, UPB me enseñó que el alcoholismo y la drogadicción no son pecado, son predisposiciones físicas y psicológicas más orientadas por la genética de cada cual que por una elección personal a perderse en ellos. Me siento decepcionada no porque hayan puesto una valla que va en contra de mis convicciones íntimas, sino porque contradice todo lo que la Universidad me enseñó. Y me siento triste porque ahora que el Jefe trabaja –como yo – en la academia, había empezado a soñar con devolverle el favor de haberlo formado, a su alma mater, y ahora no quiere saber nada de ella… se siente huérfano.

Si, la valla fue retirada cuatro horas después, porque los propios estudiantes exigieron su retiro. Monseñor Luís Fernando ofreció disculpas y manifestó abiertamente que la Universidad es incluyente… pero tanto Milo como Mila le preguntamos, ¿nos va a decir que usted, señor rector, no aprobó el modelo de la valla antes de que la fijaran en la fachada del bloque 6?, ¿cómo puede explicarnos a los dos, que también trabajamos en Universidades, que una cosa que acarrea una ejecución presupuestal considerable y la concurrencia de por lo menos veinte pares de ojos antes ser exhibida, termina así como así, demostrando una opinión institucional?

Y una última pregunta que tal vez le fastidie un poco, ¿quién manda en esa Universidad, señor Rector, Beatriz Campillo o usted?... porque no puede negar que esa valla va de la mano con la mentalidad de esa mujer siniestra que se fue lanza en ristre contra la Clínica de la Mujer… personalmente la conozco, y sé muy bien cómo piensa.

martes, octubre 20, 2009

Protégeme (XVI)

Ahora, mientras anudaba una corbata negra a su cuello, sentía cómo las manos de una tenebrosa nodriza le mecían tratando de hacerlo dormir, era la tentación viva de no estar con Vicente en su despedida final, en ese momento definitivo del que nunca quiso saber, pero al que él mismo lo llevó, sin querer. Recordaba emocionado cómo en los primeros días de su relación, Vicente tragaba fuego, hacía malabares, aparecía conejos de su portaplanos y sacaba inmensos chocolates de detrás de sus orejas. Vicente no sólo dominaba las tempestades, era un mago que hacía lo visible de lo invisible, la luz de la oscuridad, el blanco del negro. Lo podía hacer sentir vivo con sólo poner un dedo sobre su corazón, lo podía llevar a la muerte después de hacerlo venir en el más sentido de los orgasmos. Era niño y era hombre, era inocente e impuro, era maestro y aprendiz. Juró a la vida jamás hacerlo sufrir, y juró por su abuela muerta que siempre le pediría perdón si alguna vez derramaba una lágrima por su culpa.

Vio la pantalla de su móvil resplandecer silenciosa en la penumbra de su habitación. No pensó que quien lo llamaba tuviera semejante desfachatez. No contestó. Sólo tenía ojos para sus ojos en el espejo, hinchados, cansados de esperar, de llorar, de ver sangre correr y luego, de abstenerse de ver algo bello otra vez en la vida, después que los ojos de Vicente se clavaron en ellos y ya no volvieron a moverse. Encendió un cigarrillo. Se había perfumado y puesto su mejor traje, el Dolce que Vicente siempre quiso a cambio del Prada que su suegra le había comprado a él. Recordó todos los clichés que se sabía sobre la ropa de diseñador y repasó nuevamente las líneas que diría en la misa, no recordaba que había escogido cantar pero cuando puso sus ojos sobre “Espérame en el cielo”, de Los Panchos, no pudo sino reírse… ahora quería convertir su propio duelo en una escena de una película de Almodóvar. Luego vinieron otras canciones, pero siempre estaban ahí La Lupe, Chavela Vargas, María Luisa Landín, Toña la Negra, Chabuca Granda y todas las otras divas cuyas almas se desgarraban conforme se rompía su corazón. Era un hecho, dos años de relación con Vicente lo habían convertido en un cliché. Sólo podía preguntarse ahora qué sería de ese cliché sin el motorcito que lo impulsaba a levantarse todos los días.

Empezó a llorar otra vez. No quiso hacerlo, pero escuchar a Eartha Kitt, por una aborrecible coincidencia –el volumen altísimo de un carro en la calle –, le devolvió ipso facto, a la primera lágrima que vio correr por el rostro de Vicente.

Fue en el primer viaje que hicieron juntos. Acababan de cumplir seis meses y quiso irse con Vicente a salir poco y tirar mucho. Estudiaron varios destinos, pero escogieron, por unanimidad, irse al Nevado del Ruiz. Roque pidió el carro en la casa, Vicente proveyó la música, y el viernes al medio día partieron rumbo a Manizales. Roque pensaba que se iba a pasar todo el fin de semana escuchando rock alternativo, industrial, metal, punk, ska y todos esos géneros que disfrutaba aún más desde que estaba con Vicente, pero en cuanto el primer disco se introdujo en el equipo, quedó sin habla: era Cher. Y después de Cher vinieron Madonna, Kylie Minogue, Cyndi Lauper, Bananarama, Go-Go’s, Kristine W, en pocas palabras, para el viaje, Vicente preparó un festín de estereotipos. Pero no se cansó, cuando el calor del cañón del Cauca empezó a hacerse agobiante, empezaron los himnos de la prehistoria gay, vino la divina Miss M, Liza se tomó los parlantes, después su santa madre, luego Edith Piaf y al final, de postre, la carismática Eartha Kitt.

Eartha Kitt tuvo en efecto extraño en Roque. Toleraba más bien mal el calor, sudaba como un condenado bajo el sol de Marmato, el brazo izquierdo se le había enrojecido y para colmo tenía a una bruja maullando como un gato en su oído mientras Vicente sólo decía “gimme, gimme cha-cha heels!, all i want is cha-cha heels!, if i don’t get my cha-cha heels i’ll walk all over youuuu”. No sabía si enfadarse o reírse, permanecía con la mirada perdida en la carretera, en el caudal del río, en los carros que venían de frente. Vicente sabía que se estaba resistiendo, que moría por darle un pellizco en la pierna o parar para poder reírse a gusto. Entonces incrementó la dosis, puso de nuevo “Cha-cha heels”, ahora en remix extendido, y siguió cantando, sintiéndose como la avejentada Gatúbela en sus mejores épocas. Al llegar a Irra, uno de los muchos pueblos surgidos a lo largo del río Cauca, Roque no resistió más. Detuvo el automóvil, se bajó y le dijo que lo esperara, que no se demoraba. Vicente pensó que al fin había logrado enojarlo y tendría que dedicar el resto del camino, hasta las nieves perpetuas, a contentarlo. No pensó en seguirlo. Media hora después Roque apareció con una caja envuelta en papel regalo color plata y un moño gigante color fucsia. Cuando llegó al carro, Vicente esbozó una sonrisa, pero Roque sólo abrió la puerta, echó la caja al asiento de atrás y encendió el vehículo.

Estaba convencido de que Roque se había molestado. Puso a sonar a Marilyn Manson y dejó cantar, aún cuando Roque se animó un par de veces a entonar “Tourniquet” y “The beautiful people”. Estaba apenado, era tal vez la primer vez que se desmandaba tanto regando plumas frente a él y era posible que en cuanto llegaran a Manizales, Roque lo iba a montar en el primer colectivo que viajara hasta Medellín. Pensaba en cómo sería separarse de él, justo cuando tan contento se sentía, cuando había más felicidad que dudas, más expectativas que hechos, más deseos que logros. Empezó a sufrir. No quería que Roque lo dejara, no quería devolverse solo de Manizales, pero el silencio del otro y la misteriosa caja de la silla de atrás lo llenaban de miedo. ¿Y si la caja fuera un regalo para el reemplazo que le tenía en Caldas?, ¿y si la caja lo que tenía era un garrote para darle duro por marica?, ¿y si la caja era para él?. Antes de llegar al alto de Chipre, lo hizo detener.

No sabía cómo empezar, si ofreciendo disculpas o exigiendo compasión, si haciendo un chiste o encarándolo. Cualquiera de las dos opciones le parecía descabellada. En su confusión y viendo los ojos de Roque, esos ojos en los que antes se podía ahogar y que ahora sólo podía ver como una ciénaga donde no tendría una muerte placentera, sólo pudo preguntarle qué había en la caja. Roque sonrió, pero no respondió. Entonces Vicente empezó a decirle que el entendía perfectamente que se hubiera decepcionado, que se le había ido la mano echando plumas y que se sentía mal por haber puesto frente a él como un estereotipo ramplón y desagradable. Vinieron las explicaciones. Habló sin directriz sobre lo bien que se sentía con él, la confianza que le inspiraba, lo mucho que había disfrutado de las muchas facetas que de le había logrado conocer en el poco tiempo que llevaban juntos. Una lágrima acudió sin ser invitada a su rostro y en tono suplicante le dijo que no se arrepintiera del tiempo que llevaban juntos, que pensara que tenían buenas posibilidades de construir algo, que no renunciara tan pronto. Entonces Roque no pudo más y estalló en carcajadas. Vicente se quedó de una pieza. O se había excedido en show, o su mancito no tenía corazón. Poco tardó en comprender que la respuesta correcta era la primera.

Roque tomó la caja y se la entregó, le advirtió que hubiera preferido entregársela cuando llegaran al nevado, pero si la curiosidad lo iba a hacer llorar era mejor que lo destapara de una vez. Vicente miró el moño, al lado había una tarjeta con un osito cariñosito que decía “…para que no me pisotees en los próximos seis meses…”. Intrigado abrió el papel desgarrándolo. Era una caja de zapatos. La sacudió. Sonaba como zapatos. Miró a Roque. Lo miraba con malicia, a punto de estallar a carcajadas otra vez. Destapó la caja. Cinco minutos después, tuvo que decirle a Roque que le tirara agua, le diera una cachetada o lo hiciera chuparse un limón, que ya no era capaz de contenerse, que se iba a orinar de la risa. Oscurecía y las risas se apagaban, pudieron continuar su camino rumbo al nevado del Ruiz, pero cada que veían la caja abierta en la silla de atrás tenían que detenerse para no estrellarse en un nuevo acceso de carcajadas.

Sonó el claxon de un automóvil, eran sus suegros. En ese momento, Roque dejó de acariciar la falsa piel de leopardo que cubría unos tacones puntilla, doce y medio, sacados de una tienda en un pueblo olvidado a la orilla del Cauca, en la que le habían asegurado que eran los originales zapatos chacha, los famosos “Cha-cha heels”.

martes, octubre 13, 2009

El drama también es abuso.

Todos parecían saberlo, menos yo... es más, era tan perfectamente lego en el tema, que un cuarteto de emos me lo tuvo que poner literalmente en los ojos antes de darme cuenta de que mi situación no era nada distinta de la niña que le gusta que la casquen, de la esposa que perdona mil quinientas veces o del marido que se siente culpable por ser hombre cada que a la bruja con la que comparte lecho se le ocurre vejarlo hasta quedar exahusta. No señores, no me estoy haciendo la víctima, ni espero que alguno de ustedes, mis muy bien ponderados lectores sientan compasión por mi, antes bien, quisiera por medio de este escrito dejar en claro que a veces, sin pensarlo, también maltratamos y somos maltratados, en muchos casos sin darnos cuenta.

Casi dos años, veintidós meses, y durante todo ese tiempo pensé que estaba enamorado, que me amaban y que yo amaba en la misma proporción. También pensé que porque estaba dispuesto a enfrentarse al mundo por mi, era el candidato perfecto para convertirse en la persona con la que compartiría el resto de mis días y que después de él no podría encontrar nada mejor. Cómo estaba de equivocado cuando pensé que era una buena persona. Hoy, después de más de un año de haber terminado con él, al poner las cosas en perspectiva y hacer uno que otro test psiquiátrico, me he dado cuenta de que la maldad tiene formas tan finas de manifestarse en las personas que uno tiene al lado, que lo más probable es que sólo termine por darse cuenta del mal que le han hecho cuando ya ha echado tierra sobre el asunto.

Amor sin violencia... pero señores, la violencia no es sólo física ni verbal, como lo he dicho antes, tiene formas tan finas de manifestarse que sus marcas sólo se logran ver cuando se han convertido en cicatrices imborrables que aunque no duelan, discapacitan; que aunque no supuren, molestan; y que aunque no se vean, ahí están. No lo voy a llamar mi victimario, porque si en esta historia alguien se merece tan desagradable remoquete soy yo... yo y todas mis excusas para no cortar de tajo lo que desde el principio no se sentía bien, yo y todos mis pretextos para preferir dejándole convertirme en el piltrafa en la que me convirtió, que quedarme solo en una ciudad hostil, en una situación imposible de empeorar.

Amor sin violencia. ¿A alguien se le ha ocurrido que violencia también puede ser esa tensa calma en la que vive uno cuando siente que a cualquier palabra mal dicha, el novio puede terminar convertido en un energúmeno?, ¿alguien ha pensado que violencia no sólo es el golpe en la cara sino también la falta de entusiasmo cuando uno lo llama a contarle que se hizo una caminada de tres horas y media, por gusto, sin sudar mucho?, ¿no será violencia incluso, que a uno le digan "te amo", justo cuando la discusión se está definiendo en favor propio?, ¿quién puede decir que no es violencia convertir la disculpa en una limosna y la confianza en un premio a ganar día a día?, ¿alguien puede negarme que no es violencia el que el sujeto lo culpe a uno porque se emborrachó?, ¿no será violencia además, pensar que uno se la va a jugar con cuanto tipo mire en la calle y encima manifestarlo con total dramatismo?, ¿no es violencia que se sienta automáticamente amenazado por todos los amigos de uno?, ¿no es violencia no admitir el guayabo y el hambre como razones válidas para no quere echarse un mañanero?, ¡que por favor alguien me diga si no es violencia que después de terminar con él, el sujeto se entregue sin reservas y sin misericordia a armar intrigas con la familia de uno, aprovechando que uno no está cerca de ella!... y que encima, todavía se sienta con derechos a culparlo a uno por no querer ser su amigo...

Fue entonces que me di a indagar al respecto, pero nunca di con una respuesta exacta hasta que encontré -valga la cuña - http://www.amorsinviolencia.com/, y aún cuando todos los lectores me van a reprochar que haya llegado hasta allí por un video de kudai -los cuatro emos que mencioné al principio -, la verdad es que todo terminó siendo relativamente claro: todo ese drama que yo rechazaba, que me hacía sentir mal, que me daba algo de temor cuando él se me acercaba, que propiciaba esa tensa calma en la que vivíamos, no era otra cosa que maltrato psicológico, y yo me lo aguantaba pensando "es que él tiene su temperamento", "es que no voy a encontrar a nadie que me quiere como él", "es que es mejor que estar solo"... pues no señores, y no es que la página de la que los chilenos son imagen haya sido como una epifanía, no, es mas bien buscar un acicate de confianza y poder decir, después de haberlo vivido, que si su temperamento me genera dolor, no tengo por qué tolerarlo; que sí es posible encontrar a alguien que me quiera; que en cualquier caso es mejor estar solo. No señores, el tenía su temperamento, pero eso no le daba derecho a hacerme sentir como el pie cojo de la relación.

Y repito, no soy una víctima, ni el fue un victimario, pero qué bueno hubiera sido tener los pantalones suficientes para dejarlo antes.

martes, septiembre 22, 2009

Protégeme (XV)

Ahora sabía que su vida no volvería ser la misma, que su tacto siempre se acordaría de la piel de Roque cada que tocara una superficie cálida, que sus ojos verían luces de rayos siempre que pensara en él, que sus oídos escucharían la creciente del río Medellín cuando oyeran su nombre, que su nariz olería loción cara y marihuana barata cada que demandara su presencia y que su lengua se desharía de todos los sabores conocidos sólo por percibir en una minúscula papila el sabor de los labios de aquel a quien podía llamar “su mancito” sin miedo a que una fuerza externa lo privara de su presencia, de sus abrazos, de sus besos, de su cuerpo y de esa infinita placidez que le llenaba el pecho cada que lo sentía cerca, cada que le hablaba, cada que hablaba de él. Roque, Roque, Roque, se repetía a cada paso que daba, a cada apunte que tomaba en clase, a cada erección matutina y a cada desesperado tiempo que pasaba sin estar a su lado.

Se había enamorado sin remedio, sin querer queriendo, sin ofrecer disculpas, sin pensar en remordimientos. Podía olvidar a Skunk Anansie, a Placebo y a todos los demás, ni siquiera pensaba en que la génesis de su relación estaba en una afición común. Era capaz de escuchar las cursilerías de Fonseca, las metáforas traídas del pelo de Arjona, las manidas formas de Serrat y entonces pensar en él, que los odiaba a muerte a los tres. Ahora escuchaba a Sarah MacLachlan y se conmovía hasta las lágrimas, y luego iban Sinéad O’Connor y The Cranberries y Ani DiFranco y todo le sabía a gloria, a amor, a la expresión más pura de lo que un hombre podía sentir por otro, con independencia de lo que pensara el mundo al respecto. No podía decir que se hubiera hecho a sí mismo a un dueño, pero sí que se había conseguido un polo a tierra que lo hacía sentir mejor estudiante, mejor hijo, mejor hermano y mejor amigo sólo con recordar que ahora tenía las responsabilidades adicionales de ser el mejor novio, el mejor amante y el mejor cómplice.

No se hubiera aventurado a preguntar dónde estaban sus apologías a la libertad, a la renuncia a los vínculos, a no echar raíces, sólo que estaba viendo los frutos de algo trabajado con paciencia pero con interés. No se preguntaba a dónde lo llevaría el futuro, sólo sabía que de momento no quería preguntarse por él. Tampoco quería saber si era correspondido o quién daría el primer paso para decir “te quiero” ¿sería Roque?, ¿sería él mismo?, la verdad le importaba poco… el estar juntos era más de lo que había pedido, lo otro era cuestión de tiempo. Se sentía volar en los brazos de un ángel, aunque era ateo.

Pasó con toda la gloria por los primeros meses, cada día se sentía más cercano, cada momento a su lado se hacía mejor con los días y cada instante creía más en que era posible, en verdad, pasar la vida al lado de alguien más, justo después de terminar la Universidad. Su relación no eran sólo palabras. Su relación con Roque era un vínculo mucho más profundo, más allá de la anatomía, la física y la química y todo aquello mensurable o definible. No se avergonzaba de decir que soñaba con cantarle “Te amaré toda la vida” de Javier Solís con un mariachi a sus espaldas, en algún aniversario… aunque en ese momento no supiera que nunca llegaría a hacerlo.