viernes, agosto 15, 2008

Das Experiment (I)

La presente historia es real, como casi todo lo que se escribe aquí. Los sucios detalles, por supuesto son una prerrogativa del autor, así como lo es también hacerla en partes para comodidad del lector. Espero que sea de su agrado.
Mi amigo Beni es sin lugar a dudas un científico frustrado. Además de sus raras experiencias con hombres, ha sido el autor de más de una tesis sobre sus absurdos comportamientos. La última de ellas fue un experimento que se debatía entre lo erótico y lo macabro, entre lo divertido y lo infame, entre lo absurdo y lo necio. Me lo compartió por casualidad en estos días y yo mismo me sorprendí de lo lejos que es capaz de llegar en un análisis cuando está decidido a hacerlo.

Cerca de su casa abrieron un gimnasio, y él, aprovechando las ofertas que hizo la cadena para los vecinos del sector, decidió abandonar años de fidelidad y tensión sexual contenida con su instructor, y debutar en aquel lugar luminoso, lujoso y pasarelesco. Beni no es precisamente un hombre atractivo y tampoco es que el tiempo que se ha pasado yendo al gimnasio haya rendido muy buenos frutos, sin embargo, sus extremidades gruesas y sólidas le han dado una seguridad tal, que se puede decir que conquista por su seguridad en sí mismo, como si la fortaleza física lo convirtiera, sin proponérselo, en un bocado sexual.

Teniendo el gimnasio tan cerca de casa, Beni no precisaba usar el vestier con mucha frecuencia, sólo para lavarse la cara o para ir al sanitario cuando las ganas eran incontenibles. Por esa razón, nunca tuvo mucho contacto con el personal del gimnasio hasta que descubrió a uno de los encargados de mantenimiento y servicios generales echándole más ojo del que los buenos modales aconsejaban. Intrigado, pensó en hacer un lance discreto aprendiéndose las horas en las que se lo encontraba. Por supuesto, el uso del baño comenzó a hacerse más frecuente, las lavadas de cara más concienzudas y los momentos de relajación con la mirada perdida –en él – más largos. No se había equivocado, el hombre de mantenimiento lo miraba, y lo miraba con deseo.

Beni siempre había estado intrigado por qué tan lejos podría llegar un hombre por él. Había escuchado muchas historias, pero quería vivir la suya. Y la quería más allá de cualquier límite, la quería toda y la quería real. Empezó a llegar al gimnasio sin cambiarse la ropa, a cargar todo el atuendo en un maletín y a ducharse después de la rutina, a secarse el cuerpo hasta rasparse la piel con la toalla esperando que el sujeto le viera. No falló. Desde la primera vez que el objeto del experimento se dio cuenta de que Beni se duchaba en el gimnasio, empezó a asearlo con mayor cuidado, a ser perfeccionista en las tazas de los sanitarios y un artista en la limpieza de orinales. Cuando Beni salía, húmedo, desnudo, fornido, perfecto, el de mantenimiento trataba de disimular, de fingir que no lo miraba, pero era imposible, como imposible era ocultar su deseo y ese rictus demencial que hacía que sus ojos no se movieran de la entrepierna del pesista aficionado.

El experimentador comenzó a disfrutar la labor. Le gustaba despertar tanto deseo en una persona que, de alguna manera, era su sirviente. Adoraba sentirse decadente, exhibicionista, sensual, como un actor porno sin cámaras ni directores. Y su ambición se abrió.

La primera vez que Beni le habló al de mantenimiento, que sólo hasta ese momento vino a saber que se llamaba Martín, fue saliendo de la ducha y para solicitarle su opinión sobre el tono y el volumen de su pectoral. Le tomó la mano y mordiéndose los labios la llevó hasta su torso desnudo, helado por el agua que acababa de bañarlo y fresco por el jabón que lo había rozado. Martín tembló, mas no vaciló, y aunque sus opiniones desconcertaron a Beni, el roce de sus dedos encallecidos y el olor a cloro que impregnaron sobre su pecho, fue suficiente para que esa noche no hiciera otra cosa que masturbarse pensando en cuánto quería que el de mantenimiento se lo comiera.

Pero un buen experimentador no mezcla el trabajo con el placer, aunque el placer sea trabajo. Beni lo sabía. Fue entonces cuando decidió poner a Martín a prueba.

Continuará...

viernes, agosto 01, 2008

Ellas también dañan

No se alcanza a imaginar el respetado lector cuánto disfruté que mis profesores de Derecho Penal por allá en 2001, hayan dejado al Fiscal General de Pastrana como un zapato delante de todos los estudiantes de las facultades de Medellín, en un foro que organizó El Colombiano sobre la ley 599 de 2000, el estatuto penal vigente. Parecía que el Dr. Gómez Méndez, más que exhibir los resultados de un trabajo concienzudo, estudiado y consultado durante un período de tiempo suficiente para divulgarlo como la panacea que se suponía debía ser, estaba promocionando un producto prefabricado del cual tenía más nociones el mensajero del congresista ponente que el directo encargado de su aplicación.

Una de las salidas más memorables fue la del profesor de Derecho Penal, Parte Especial, que, preguntándole a Gómez Méndez sobre el artículo 212 que reza: “Acceso carnal. Para los efectos de las conductas descritas en los capítulos anteriores, se entenderá por acceso carnal la penetración del miembro viril por vía anal, vaginal u oral, así como la penetración vaginal o anal de cualquier otra parte del cuerpo humano u otro objeto”, “señor Fiscal, ¿a qué se refiere el proyecto cuando en este artículo haba de ‘otro objeto’?, ¿y si ese otro objeto es un pepino, estaríamos hablando de un ‘acceso pepinesco’? El apunte suscitó todo tipo de sonrisas maliciosas entre la concurrencia joven y airadas indignaciones entre la más veterana. Pero desde entonces no he podido evitar preguntarme si sólo era posible una violación en ese sentido, o en otras palabras, si lo que definía la violación era solamente la conjunción violenta del cóncavo y el convexo y no el abuso emocional y físico al que la víctima era sometida.

El siguiente post puede no resultar muy agradable, pero es una inquietud que me gustaría sembrar en el lector.

Olguita era la hija menor de la casa de Luís y Gabriela. Tenía 16 años y era, con diferencia, la niña más linda de Aranjuez, barrio al que su familia llegó desde el Chocó muchos años antes de que el sector se convirtiera en la brigada del general Pablo Escobar. Luís era una papá celoso, pero bueno. Gabriela era una mamá abnegada, pero desconfiada. Olguita, la menor de cuatro hermanos, la única mujer menor de edad en la casa y la más linda de todo el barrio, no era una estudiante brillante, pero colaboraba en la casa con lo que se ganaba haciendo de niñera de todos los infantes del barrio. Tenía novio y por supuesto Luís no podía verlo ni en pintura y Gabriela sólo podía pensar en qué momento llegaría Olguita embarazada a la casa. Nada había pasado en un año largo de andar juntos.

El día que Olguita no volvió de la carnicería, Luís y Gabriela pensaron haber confirmado sus sospechas. La desvergonzada de su hija los había abandonado. Se había escapado con su novio a tener una vida licenciosa, para descender en picada hasta el fondo de la perdición, buscando el camino más corto hacia hacerlos infelices. Dos horas después de su desaparición le habían preparado un castigo de por vida. Doce horas después, la negaron hasta la muerte. Veinticuatro horas después sólo podían pensar en qué destino darle a todos los muñecos que tenía en su habitación.

Pero no calcularon qué harían setenta y dos horas después, cuando Olguita llegó a su casa como una muerta caminante. Ninguno se alegró de verla, ni siquiera sus hermanos, quienes evadieron la preocupación adoptando como verdades sabidas las suposiciones de sus padres. Olguita contó su historia y no le creyeron, antes bien, la maldijeron y blandieron en su contra todos los sinónimos de las palabras “prostituta” y “mentirosa” que conocían. No la echaron de la casa porque no soportarían la vergüenza de que su hija, con lo advenediza que estaba demostrando ser, terminara lucrándose de ello. A cambio, la confinaron a su cuarto hasta que la admitieran en el convento en el que Gabriela tenía contactos.

Y es que no era posible creerle. Para Olguita hacer plausible su historia, necesitaba exhibir marcas, moretones, arañazos, contusiones. Pero estaba entera, y si alguien hubiera hurgado en su intimidad, no hubiera encontrado corrupción alguna, seguía siendo tan virgen como su papá no podía imaginarlo. El día que Olguita salió a la carnicería, caminando por el andén, una camioneta fina, que en principio supuso que le pertenecía a alguno de los mandos medios del cartel, que iba a contratar a alguno de los vecinos para hacer un trabajo, se paró a su lado. Una mujer elegante y bien vestida le preguntó por indicaciones para llegar al parque de San Nicolás. Olguita, complacida en poder ayudarle, se acercó y le dijo qué ruta debía tomar. Dentro del carro vio a cuatro mujeres más y hasta ese momento su memoria estuvo lúcida. Contaba que, por alguna razón terminó en el carro con las mujeres, que le tocaron los senos, las piernas, la besaron en los labios, en los pezones, en la vagina. En algún momento recordaba haberse bajado del carro y entrar en una casa de una finca, bastante lujosa, en San Félix. No sabría llegar de nuevo, pero aseguraba que podía ver el cerro El Picacho desde allí. En la finca le tomaron fotos desnuda y se la turnaron entre las cuatro mujeres para manosearla, y lamerla, y rozarla, y estimularse con su cuerpo adolescente. Ninguna le puso un dedo entre las piernas, y esa era la única evidencia que tenía, no sentía molestia alguna en esa área, pero por lo demás, sólo podía decir que lo que fuera que le hubieran dando, la dejaba sin autonomía. Sus recuerdos eran borrosos, pero estuvo conciente todo el tiempo. Y todo el tiempo sintió cómo se le rasgaba el alma, pero su cuerpo se había disociado completamente de ella.

Si la reacción en su casa había sido esa, ir a la policía hubiera sido perder el tiempo. Tenía los nervios destrozados. Se sentía segura en su casa, aunque la trataran como un intrusa, aunque sus papás y sus hermanos la miraran con el mismo asco morboso con el que miraban a las prostitutas de Carabobo cuando iba a misa en la Veracruz, aunque sintiera que la entregarían a la mujeres de la camioneta sólo para probarse que en su afán de llamar a su hija “meretriz”, sólo se habían equivocado en no llamarla también “arepera”.

Un mes temiendo a salir a la calle, sintiéndose puesta de patitas en ella, muriéndose por no poder salir. Un mes sin amigas, sin novio, sin conversaciones con los vecinos. Un mes con un cura escuchándola entre incrédulo y excitado. Un mes sin hablar, sin comer. Un mes, hasta que decidió calmar su sed de una vida distinta con un frasco de insecticida. Luís y Gabriela, más de veinte años después de su muerte, todavía no se creen la historia que Olguita les contó.

Esta historia sólo para preguntarle al lector, ¿y es que una lesbiana no puede violar si no introduce un dedo u “otro objeto”, en las vías indicadas, en otra mujer? A aquellos que son Abogados les concedo que el mismo estatuto también condena el “Acto Sexual Violento” en el Art. 206, como condena el “Acceso Carnal Violento” en el Art. 205. Sin embargo, como Abogado, gay y blogger, tengo varias preguntas, ¿por qué la diferencia sustancial entre las condenas, siendo la del 206 radicalmente menor a la del 205?, ¿por qué la legislación parte de la base de que es menos brutal ser abusado sexualmente sobre la piel que a través de una cavidad?, ¿por qué endiablada razón, si estamos en pro de la igualdad de los sexos, los delitos sexuales parecen buscar conjurar la peligrosidad masculina, prácticamente desconociendo que las mujeres pueden ser igual de abusivas, igual de sanguinarias, igual de peligrosas?. Y ojo, no abogo porque la legislación se haga más rígida cuando el abuso sexual provenga de una persona del mismo sexo, en ese sentido, creo que no hay desacuerdo con el legislador, pero sí me cuestiona mucho el hecho de que se envilezca tanto el falo o su sustituto, cuando el daño sexual se puede causar de tantas maneras cómo formas de erotización existen.

sábado, julio 26, 2008

Esos tipos que tanto (me) nos divierten

Como estoy dándole inicio a la tercera temporada de esta serie, que ya tiene refritos, actores secundarios protagonizando en otras cadenas, retransmisiones en otros dialectos y copias mediocres, me parece conveniente empezar con algo ligero, con un "rapidito", como lo llama el entrañable Sr. Pués.

El lunes fui a buscar mi almuerzo en Manila, un barrio de El Poblado que queda a una distancia prudente del lugar donde trabajo. Como un servidor no tenía que usar corbata para laborar, ese día me metí en unos pantalones de dril que no usaba con mucha regularidad porque me parecía que corría el riesgo de quedar esteril. La falta de ropa planchada me hizo olvidar las posibilidades de descendecia, y con las gemelas tan apretadas como usuario de metro en hora pico, me fui a echarle papa al buche en el medio día más achicharrante que ha tenido Medellín en los últimos meses. No sé a ciencia cierta cómo se me estaba viendo el mercado, pero tenía que que estar tan abundante como uno de Corabastos, la Plaza Mayorista o Cavasa porque bajando una loma, un sujeto que venía subiéndola se relamió los labios de la forma más grotesca que alguien ha podido hacerlo para -y frente a- un servidor en sus veintisiete largos años de vida. Me sentí violado en Manila un lunes a medio día. Cuando me senté a almorzar no podía aguantarme la risa.

El miércoles salía temprano del trabajo, el jueves tenía una cita en Cali y como el viaje lo iba a hacer por tierra, pensaba pasar la noche con mis papás en Armenia. Para no demorar el almuerzo, busqué un mecatico en San Fernando Plaza, que me quedaba cerca a la oficina y engañé al hambre con facilidad. Al terminar, entré al baño, le hice un regalo al orinal y me empecé a lavar las manos. En ese momento entró un sujeto, que, desde que puso un pie en el baño empezó a hablarme sobre lo difícil que le resultaba desabrocharse su cinturón. Y me mostraba, y se alzaba la camiseta hasta debajo del pecho, y brincaba, y halaba el cinturón, y movía la hebilla. No era mal parecido, de hecho tenía esa cara de fetiche de extracción popular que tanto nos gusta a los niños fresa, pero no. No, tengo novio. No, no cerca a la oficina y con mis compañeros de trabajo revoloteando por ahí. No, lo más seguro es que en estas condiciones resulte atracado por ceder a la tentación. El man esperaba que yo le echara una mano... pero yo estoy seguro de que no era precisamente para que le abriera la correa.

La empresa para la que trabajo tiene sus oficinas situadas en pisos distintos de un mismo edificio y de vez en cuando tengo que ir de unas a otras. Como son algo distantes, prefiero tomar el ascensor. El viernes me subí y en el piso siguiente subieron un par de sujetos que no se molestaron en disimular que eran pareja. Pero tampoco se molestaron en sacarse los trapos sucios en mi pobre abogadil presencia. Y empezaron los reclamos airados, que por el sardinito del otro día, que por el tipo del supermercado, que por el otro de la tienda de la vuelta del apartamento, que vos vivís metido en saunas, que vos nunca salís solo de una discoteca, que vos ya no me respetás, que vos nunca me has querido, que vos menos, que tu mamá, que la tuya. En menos de dos minutos supe que llevaban cinco años juntos, que llevaban tres conviviendo, que partían los gastos por mitades y que las infidelidades eran más recurrentes que la culpa en una loca que no puede evitar comer como una desquiciada. Cuando llegué a la otra oficina la recepcionista se alarmó. "¿Doctor, por qué está llorando?", no pudiendo contener la risa sólo le dije "esos tipos que tanto me divierten...".

Y ojalá no dejen de hacerlo... porque seguramente me quedaría sin qué contar aquí... sería eso o volver a las drogas y eso si que no...

sábado, julio 19, 2008

¡Oh libertad que perfumas...!

Mañana es un gran día. Pero para un servidor es mucho más grande el martes. Mañana cumplimos 198 años de ser una república independiente y aún cuando a estas alturas del paseo eso ya no es la gran vaina y tenemos problemas muchísimo más espantosos que los que teníamos siendo una colonia española, el que mañana mismo la fecha se convierta en el día que los colombianos nos unimos para romper cadenas y clamar con todas nuestras fuerzas porque los únicos secuestros que se den sean los de los novios los fines de semana, es algo que no se puede dejar pasar inadvertido. Hay que marchar. El mundo tiene que entender que aquí no apoyamos el terrorismo... tenemos que quitarnos el estigma que en los ochenta no pudimos combatir cuando el globo entero nos veía, desde el más grande hasta el más pequeño, como narcotraficantes.


¡Cuánto ha pasado desde que el par de locas se agarraron por el dichoso jarrón!, ¡cuánto más pasará desde que Venezuela trató de declararnos la guerra por legitimamente defender nuestra seguridad nacional!... y sin embargo, aquí estamos, jodidos un poco, alegres siempre y acomodando el mundo a nuestras anchas... porque somos colombianos y estamos en todo, en las inauguraciones de los juegos olímpicos y en la caída de las torres gemelas, en los premios oscar y en la explosión de la estación de Atocha, en la demolición del muro de Berlín y en las persecuciones contra ilegales en el mundo. Un desprevenido nos llamaría "epidemia"... un servidor sólo puede llamarnos "esa gente loca que quiere hacer su tierra del pedazo del mundo en el que se encuentre".

Y las cosas sólo se pueden mirar con buenos ojos, con los mismos ojos que siempre las hemos visto aunque estemos indignados o muertos de miedo. Los mismos ojos que han visto a María Isabel Urrutia ganar el oro y a Ernesto Samper bañarse en el lodo de sus mentiras, a Laura Restrepo ganar el Alfaguara y a Andrés Pastrana ser -según él- "asaltado en su buena fe" por las farc, a Álvaro Uribe devolverle la fe al país en el país y a Álvaro Uribe decirle a la policía que se puede tomar a sangre y fuego cualquier Universidad pública que esté dando problemas.

El lector se preguntará, con razón, por qué ando tan exultante... pues bien, por un lado, PALACÉ CON COLOMBIA, este martes 22 de julio está cumpliendo dos añitos de vida. Ahora está criadito, mi hijo tiene voz propia, ya dice palabras obscenas y da largos pasos alrededor del mundo. Tiene amiguitos del corazón y enemigos viscerales. Tiene lectores con opinadero y lectores que entran sin hacer ruido, de puntillas. Tiene un poco de todo, pero sobre cualquier cosa, tiene fragmentos bastante gráficos de ese gran collage que es la vida del autor, de su amor presente y sus amores pasados, de sus amigos, de su familia. Son dos añitos en los que ha pasado de todo, pero se ha mantenido fiel a si mismo, es la más enconada labor de amor.

Por otro lado, me place contarlos que estoy viendo la luz al final del tunel... estoy a prueba por dos meses... mañana voy salir a marchar con mis nuevos compañeros de trabajo y lo mejor, donde por lógica debía ser, del parque Berrío, más exactamente desde Palacé con Colombia hasta el parque Explora.... no creo que podía haber terminado de otra manera.

SE LES QUIERE, DE CORAZÓN.

sábado, julio 12, 2008

Mila en Segunda Persona: Carta a Laura.

Querida Lau: sinceramente no pensé que las feministas pudieran llegar a quererte tanto, a verte como un ícono, como un ejemplo a seguir. Para empezar, te dedicaste a una de las profesiones que ellas más odian, luego decidiste pasar la vida sin realización sexual y acabaste entregando tu trabajo a hombres desagradecidos y machistas. Pero te adoran. Y más aún si se dedican a la docencia. Nadie como tu para decirle al mundo que se puede ir al cuerno con sus prejuicios, tú querías enseñar y nadie se interpuso en tu camino, ni la agresiva iglesia antioqueña, ni tu familia costumbrista hasta el tuétano, ni los embates de los años. Enseñaste... y de qué manera.

Te conocí por casualidad en una imagen del periódico. Decía por allí que El Vaticano te estaba investigando, pero apenas leí esas diez letras sólo pensé "otra solterona que ganó indulgencias haciendo caridad con uña" y no quise prestar más atención. Pero cuando tu nombre volvió a ser premiado, y ahora en el ramo de educación, por la Gobernación de Antioquia, decidí mover mis intereses intelectuales hacia tu vida y obra y qué increíbles sorpresas las que encontré.

Para empezar naciste en pleno siglo XIX, cuando Colombia todavía estaba tratando de entender de qué iba en el mundo, y para más detalles en un pueblo del Suroeste antioqueño, a más de tres días a lomo de mula de Medellín. Huérfana a temprana edad, mendigando en la casa de los abuelos desde muy joven, no tuviste más opción para hacer una vida propia que estudiar como una mula y prepararte en la normal de señoritas para hacer lo único que no estaba vedado para las mujeres en la época: enseñar. Gracias a tu labor como maestra, muchas mujeres formadas en principios cristianos un poco vacíos, entendieron que la caridad se hacía con el corazón, y sin esperar recompensas como muchas lo hacían. También se fundaron escuelas y colegios para formar a las mujeres como buenas mujeres y no como buenas esposas, que era lo máximo a lo que aspiraban. Pero además, decidiste entregarte como ejemplo rehusando muchas veces el matrimonio, sabías que te esperaban destinos más altos. Y lo fueron.

Lo fueron porque un buen día, con más conocimientos teóricos que prácticos sobre la geografía antioqueña, y con más dudas que certezas al respecto, partiste con otras seis maestras y tu madre en mula hacia Dabeiba. Territorio hostil para el hombre, violento para la mujer, monstruoso para cualquiera de los dos siendo blanco. Pero te aventuraste. Y empezaste a educar, primero en el castellano y luego en matemáticas y en geografía a los más necesitados, en particular a los aborígenenes - a quienes nunca trataste de salvajes porque comprendías que ya tenían una civilización -, para librarlos de los engaños y las astucias que de forma impía el hombre blanco empleaba en ellos. Y quisiste hacer más, a tus más aventajados alumnos los instruíste en la instrucción, y fueron ellos tus más firmes aliados a la hora de conversar con tus estudiantes. Viajabas días enteros buscando nuevos adeptos, siempre por la selva, siempre en mula, y nunca tuviste una queja, ni una mordedura de serpiente o de zancudo.

Pero tu tarea en persona empezó tarde. Cargabas ya con más de cuarenta años cuando empezaste, en una época en la que la probabilidad de vida no subía más allá de los cincuenta años. Fue así como tuviste que recluirte en tu casa de prado centro en Medellín los últimos 8 años de tu vida, lejos de tus compañeras educadoras, lejos de tus discípulos, la hidropesía no te permitió volver a tus aventuras por el Urabá antioqueño. Setenta y cinco años y te fuiste, pero tu obra quedó... y sigue creciendo con los días.

Lau, te respeto hasta la médula. Mira que aunque soy feminista y medio mamerta, creo que el fin justificó los medios porque, está bien, detrás de tu labor educativa existió una agenda religiosa algo reprochable, en especial porque era católica, pero al menos les diste a quienes no los tenían, los elementos para procurarse una vida más digna, menos asfixiada por la manera canalla en que el hombre que se preciaba de ser más "civilizado" los trataba. Es por eso que te perdono que hayas muerto en "olores de santidad", es por eso que no cuestiono que el papa polaco te haya nombrado beata en 2004, es por eso que me repugna tan poco que tu congregación religiosa ahora esté buscando a quién le hayas hecho un milagro para que los mojigatos de El Vaticano te den título de santa. Yo no te veo como una santa, te veo como la vieja más berraca que ha parido el suelo antioqueño.

Con mis mejores deseos, donde estés.

Mila.

sábado, julio 05, 2008

Premier

Eran cerca de las 9 de la noche y Juan había comenzado a pensar que Milo no iba a acudir a la cita. Había tomado todas las precauciones del caso: el segundo nombre falso, el lugar de trabajo modificado, la edad disminuida tres años. No se explicaba por qué se prevenía tanto, si Milo había dicho la verdad, se verían esa noche y nunca más, regresaría a Armenia y él continuaría en su disfuncional relación sin mayor novedad. Nueve en punto. Un taxi se detuvo sobre la carrera Ecuador y de él descendió un muchachito de prominente nariz, algunos kilos de más, con un busito café con rayas naranja. Hecho un manojo de nervios le agitó la mano. Juan sabía que ese era Milo. No le había mostrado muchas fotos, pero esa nariz escoltada por dos gigantes ojos cafés claros era inconfundible.

Le preguntó por qué estaba asustado. Con voz temblorosa, Milo le respondió que no sabía por qué. Para romper el hielo, Juan le preguntó que cómo le había ido en San Andrés y Milo evadió la respuesta, fue tal vez esa la primera característica que detectó en él: para ser un adolescente, sabía ser enigmático. Lo invitó a recorrer el Bajo París. Le mostró sitios que en su vida se hubiera imaginado que existían, lo llevó de un taberna de mala muerte a otra, exhibiendo en cada una a los diferentes tipos de público que las frecuentaban. En Ceres, Milo aprendió que para la gente gay la música de plancha siempre estaba vigente; en La Isla Encantada, que los viejitos también botaban plumas; en Barú, que era posible armarse una rumba en una discoteca vacía; y en El Tambo del Indio, que las cejas depiladas no eran patrimonio exclusivo de los peluqueros. También comprendió que los sitios gay habían salido de la clandestinidad en Medellín hacía rato, pues todos los que había visitado quedaban a menos de dos cuadros del atrio de la Catedral Metropolitana.

Juan veía a Milo tenso, un muchachito de diecisiete años, de Armenia, recorriendo los rincones más peligrosos del centro de Medellín… decidió liberarlo del suplicio y se lo llevó a la antigua casa de Tomás Carrasquilla, más conocida en la época como Ébano y Marfil. Cuando entraron, y aún cuando el sitio era de un gusto cuestionable y la concurrencia de un incuestionable mal gusto, notó que la rigidez se desvanecía. Sonaba “Cruz de Navajas” de Mecano y al sonar de dos vasos rebosantes de Cerveza Pilsen, Juan notó que Milo sólo necesitaba sentarse para evitar los nervios, aún cuando le sugirió que tratara de que los meseros no lo vieran de frente, no quería terminar de patitas en la calle por meter a un menor de edad a un sitio donde se vendían bebidas alcohólicas.

Se habían conocido en una pequeña comunidad virtual de Internet llamada IRC, Juan era de los miembros fundadores, tal vez el primer visitante que se conectaba desde Medellín. Milo era miembro de segunda generación y poco a poco se actualizaba sobre lo que había pasado en los meses anteriores a su ingreso. Ese fue su primer tema de conversación y en adelante, Juan no tuvo que hacer muchas preguntas, la cerveza y una creciente seguridad en sí mismo, hicieron que Milo tomara la vocería de la conversación y poco a poco lo fuera seduciendo con una labia poco común para los de su edad. En un momento guardó silencio. Juan lo miró y le preguntó qué pensaba. Milo le dijo que quería un beso. Juan sacó todas sus artimañas de gay experimentado y con un par de lengüetazos en los labios y varias palabras articuladas con cuidado en sus orejas, estuvo a punto de hacerlo venir sin tocarle un pelo. Lo tenía en sus manos, pero no calculó que no tenía a ningún idiota en frente: cuando las réplicas de los besos empezaron a excitarlo a él, Milo le espetó con desparpajo que debía irse, que por favor lo acompañara hasta la estación de Prado.

Para Juan había sido uno más. Uno que se le había escurrido como jabón de las manos. Para Milo había sido el primero. El primer beso, el primer bar gay, el primer trago que se había tomado con un hombre que no era un compañero del colegio, el primer paso en un camino que durante el resto de su vida lo llevaría por autopistas, callejuelas y trochas por las que reiría hasta llorar y por las que lloraría hasta quedar sin lágrimas, pero que transitaría con la frente en alto hasta en sus más penosos trayectos.

Sea esta corta historia mi forma de agradecerle a mi “madre putativa” el haberme movido de su lista de amantes a su lista de amigos. Sea esta la forma de decirle que nos conocemos hace diez años y tres días, y aunque hemos tenido malos ratos, eso me hace feliz. Sea esta la oportunidad para contarles a los lectores que es ese el mismo tiempo que un servidor lleva en el mundo como “marica oficial”.

Se les quiere.

miércoles, julio 02, 2008

¿... Y quiénes fueron?

Pues si señores, la marcha pasó sin pena y con toda a gloria. Este año en Medellín se hizo la tarea, y el hecho de saber que la cifras oficiales de asistencia se redondean en las 20000 personas, no dice cosa distinta a que nos quedó muy bien hecha. Sin embargo, fue mejor todavía saber que este año, una labor que había quedado relegada a un lugar secundario durante los años anteriores, fue realizada a cabalidad: extender la marcha no sólo a la comunidad LGBT sino también a familiares y amigos, pues finalmente en Medellín marchamos por el orgullo y la diversidad sexual, diversidad que no existiría si nos empeñáramos en ver en blanco y negro una película que cada vez tiene más grises: heterosexual hombre, heterosexual mujer, lesbiana, gay, bisexual, transgenerista, transformista y travestista. Tal vez lo más admirable fue ver parejas heterosexuales, con sus hijos, como público porque la educación en la tolerancia va más allá de la inmoralidad que le endilgan al evento.

Sin más preámbulo, los invito a echar un discreto vistazo a la concurrencia, cortesía de mi amigo Elbeybi.


Los Infaltables Strippers


Los Obscenos


La Autoridad Competente


Carmen Miranda y Celia Cruz


El Novia y La Novio
Los Emos


Los Íconos


...Y por supuesto, sus servidores: Vetado, Monchis, Milo y Andrés


A modo de reflexión final, sólo me resta decir que es así y no de otra manera que se logra lo igual para el diferente: un ciudadano de segunda categoría nunca dejará de serlo si trata de asemejarse a los que no lo son, debe procurar que su individualidad sea distinguida y respetada.