Ahora, mientras anudaba una corbata negra a su cuello, sentía cómo las manos de una tenebrosa nodriza le mecían tratando de hacerlo dormir, era la tentación viva de no estar con Vicente en su despedida final, en ese momento definitivo del que nunca quiso saber, pero al que él mismo lo llevó, sin querer. Recordaba emocionado cómo en los primeros días de su relación, Vicente tragaba fuego, hacía malabares, aparecía conejos de su portaplanos y sacaba inmensos chocolates de detrás de sus orejas. Vicente no sólo dominaba las tempestades, era un mago que hacía lo visible de lo invisible, la luz de la oscuridad, el blanco del negro. Lo podía hacer sentir vivo con sólo poner un dedo sobre su corazón, lo podía llevar a la muerte después de hacerlo venir en el más sentido de los orgasmos. Era niño y era hombre, era inocente e impuro, era maestro y aprendiz. Juró a la vida jamás hacerlo sufrir, y juró por su abuela muerta que siempre le pediría perdón si alguna vez derramaba una lágrima por su culpa.
Vio la pantalla de su móvil resplandecer silenciosa en la penumbra de su habitación. No pensó que quien lo llamaba tuviera semejante desfachatez. No contestó. Sólo tenía ojos para sus ojos en el espejo, hinchados, cansados de esperar, de llorar, de ver sangre correr y luego, de abstenerse de ver algo bello otra vez en la vida, después que los ojos de Vicente se clavaron en ellos y ya no volvieron a moverse. Encendió un cigarrillo. Se había perfumado y puesto su mejor traje, el Dolce que Vicente siempre quiso a cambio del Prada que su suegra le había comprado a él. Recordó todos los clichés que se sabía sobre la ropa de diseñador y repasó nuevamente las líneas que diría en la misa, no recordaba que había escogido cantar pero cuando puso sus ojos sobre “Espérame en el cielo”, de Los Panchos, no pudo sino reírse… ahora quería convertir su propio duelo en una escena de una película de Almodóvar. Luego vinieron otras canciones, pero siempre estaban ahí La Lupe, Chavela Vargas, María Luisa Landín, Toña la Negra, Chabuca Granda y todas las otras divas cuyas almas se desgarraban conforme se rompía su corazón. Era un hecho, dos años de relación con Vicente lo habían convertido en un cliché. Sólo podía preguntarse ahora qué sería de ese cliché sin el motorcito que lo impulsaba a levantarse todos los días.
Empezó a llorar otra vez. No quiso hacerlo, pero escuchar a Eartha Kitt, por una aborrecible coincidencia –el volumen altísimo de un carro en la calle –, le devolvió ipso facto, a la primera lágrima que vio correr por el rostro de Vicente.
Fue en el primer viaje que hicieron juntos. Acababan de cumplir seis meses y quiso irse con Vicente a salir poco y tirar mucho. Estudiaron varios destinos, pero escogieron, por unanimidad, irse al Nevado del Ruiz. Roque pidió el carro en la casa, Vicente proveyó la música, y el viernes al medio día partieron rumbo a Manizales. Roque pensaba que se iba a pasar todo el fin de semana escuchando rock alternativo, industrial, metal, punk, ska y todos esos géneros que disfrutaba aún más desde que estaba con Vicente, pero en cuanto el primer disco se introdujo en el equipo, quedó sin habla: era Cher. Y después de Cher vinieron Madonna, Kylie Minogue, Cyndi Lauper, Bananarama, Go-Go’s, Kristine W, en pocas palabras, para el viaje, Vicente preparó un festín de estereotipos. Pero no se cansó, cuando el calor del cañón del Cauca empezó a hacerse agobiante, empezaron los himnos de la prehistoria gay, vino la divina Miss M, Liza se tomó los parlantes, después su santa madre, luego Edith Piaf y al final, de postre, la carismática Eartha Kitt.
Eartha Kitt tuvo en efecto extraño en Roque. Toleraba más bien mal el calor, sudaba como un condenado bajo el sol de Marmato, el brazo izquierdo se le había enrojecido y para colmo tenía a una bruja maullando como un gato en su oído mientras Vicente sólo decía “gimme, gimme cha-cha heels!, all i want is cha-cha heels!, if i don’t get my cha-cha heels i’ll walk all over youuuu”. No sabía si enfadarse o reírse, permanecía con la mirada perdida en la carretera, en el caudal del río, en los carros que venían de frente. Vicente sabía que se estaba resistiendo, que moría por darle un pellizco en la pierna o parar para poder reírse a gusto. Entonces incrementó la dosis, puso de nuevo “Cha-cha heels”, ahora en remix extendido, y siguió cantando, sintiéndose como la avejentada Gatúbela en sus mejores épocas. Al llegar a Irra, uno de los muchos pueblos surgidos a lo largo del río Cauca, Roque no resistió más. Detuvo el automóvil, se bajó y le dijo que lo esperara, que no se demoraba. Vicente pensó que al fin había logrado enojarlo y tendría que dedicar el resto del camino, hasta las nieves perpetuas, a contentarlo. No pensó en seguirlo. Media hora después Roque apareció con una caja envuelta en papel regalo color plata y un moño gigante color fucsia. Cuando llegó al carro, Vicente esbozó una sonrisa, pero Roque sólo abrió la puerta, echó la caja al asiento de atrás y encendió el vehículo.
Estaba convencido de que Roque se había molestado. Puso a sonar a Marilyn Manson y dejó cantar, aún cuando Roque se animó un par de veces a entonar “Tourniquet” y “The beautiful people”. Estaba apenado, era tal vez la primer vez que se desmandaba tanto regando plumas frente a él y era posible que en cuanto llegaran a Manizales, Roque lo iba a montar en el primer colectivo que viajara hasta Medellín. Pensaba en cómo sería separarse de él, justo cuando tan contento se sentía, cuando había más felicidad que dudas, más expectativas que hechos, más deseos que logros. Empezó a sufrir. No quería que Roque lo dejara, no quería devolverse solo de Manizales, pero el silencio del otro y la misteriosa caja de la silla de atrás lo llenaban de miedo. ¿Y si la caja fuera un regalo para el reemplazo que le tenía en Caldas?, ¿y si la caja lo que tenía era un garrote para darle duro por marica?, ¿y si la caja era para él?. Antes de llegar al alto de Chipre, lo hizo detener.
No sabía cómo empezar, si ofreciendo disculpas o exigiendo compasión, si haciendo un chiste o encarándolo. Cualquiera de las dos opciones le parecía descabellada. En su confusión y viendo los ojos de Roque, esos ojos en los que antes se podía ahogar y que ahora sólo podía ver como una ciénaga donde no tendría una muerte placentera, sólo pudo preguntarle qué había en la caja. Roque sonrió, pero no respondió. Entonces Vicente empezó a decirle que el entendía perfectamente que se hubiera decepcionado, que se le había ido la mano echando plumas y que se sentía mal por haber puesto frente a él como un estereotipo ramplón y desagradable. Vinieron las explicaciones. Habló sin directriz sobre lo bien que se sentía con él, la confianza que le inspiraba, lo mucho que había disfrutado de las muchas facetas que de le había logrado conocer en el poco tiempo que llevaban juntos. Una lágrima acudió sin ser invitada a su rostro y en tono suplicante le dijo que no se arrepintiera del tiempo que llevaban juntos, que pensara que tenían buenas posibilidades de construir algo, que no renunciara tan pronto. Entonces Roque no pudo más y estalló en carcajadas. Vicente se quedó de una pieza. O se había excedido en show, o su mancito no tenía corazón. Poco tardó en comprender que la respuesta correcta era la primera.
Roque tomó la caja y se la entregó, le advirtió que hubiera preferido entregársela cuando llegaran al nevado, pero si la curiosidad lo iba a hacer llorar era mejor que lo destapara de una vez. Vicente miró el moño, al lado había una tarjeta con un osito cariñosito que decía “…para que no me pisotees en los próximos seis meses…”. Intrigado abrió el papel desgarrándolo. Era una caja de zapatos. La sacudió. Sonaba como zapatos. Miró a Roque. Lo miraba con malicia, a punto de estallar a carcajadas otra vez. Destapó la caja. Cinco minutos después, tuvo que decirle a Roque que le tirara agua, le diera una cachetada o lo hiciera chuparse un limón, que ya no era capaz de contenerse, que se iba a orinar de la risa. Oscurecía y las risas se apagaban, pudieron continuar su camino rumbo al nevado del Ruiz, pero cada que veían la caja abierta en la silla de atrás tenían que detenerse para no estrellarse en un nuevo acceso de carcajadas.
Sonó el claxon de un automóvil, eran sus suegros. En ese momento, Roque dejó de acariciar la falsa piel de leopardo que cubría unos tacones puntilla, doce y medio, sacados de una tienda en un pueblo olvidado a la orilla del Cauca, en la que le habían asegurado que eran los originales zapatos chacha, los famosos “Cha-cha heels”.